viernes, 29 de marzo de 2013

UN VIERNES SANTO EN EL SIGLO IV d.C. VISTO POR LA HISPANA EGERIA.


"Retrato idealizado de Egeria"

Hace ya bastantes años que dispongo en mi biblioteca de una edición del raro libro “Peregrinación de Egeria”. No es raro porque sea difícil de encontrar un ejemplar del mismo, sino más bien, quiero decir, que es raro por el hecho de tenerlo en mi biblioteca, ya que no es muy habitual el gustar de estas lecturas por una gran mayoría de aficionados a la lectura.
Pocos son los datos concretos o ciertos que sabemos sobre la dicha Egeria o “Etheria”. Según se ha podido deducir, se trató de una hispana, posiblemente de la región de la Gallaecia o actual Galicia, que realizó en el s. IV o principios del V, un viaje de peregrinación a los Santos Lugares. Viajó por Siria, Palestina Jerusalén, recogiendo las vivencias y tradiciones de los primitivos cristianos, e incluso dejando constancia de edificios, santuarios o prácticas ya desaparecidas hace tiempo.
 
"Imbomón. Iglesia de la Ascensión del Señor"
 
En "El Viernes Santo", la peregrina Egeria, narra lo que sigue sobre como y que se hacía en tan señalado día:
Así, pues, cuando comienza el canto de los gallos, se baja a Imbomón[i] cantando himnos y se llega hasta el lugar donde oró el Señor, como está escrito en el Evangelio: “Y se apartó como a un tiro de piedra y oró”, y lo que sigue. En este lugar hay una iglesia elegante. Penetra en ella el obispo y todo el pueblo y se reza allí una oración apropiada al lugar y al día, cántase también un himno apropiado y se lee el pasaje del Evangelio en que el Señor dijo a sus discípulos: “Velad para que no entréis en tentación.” Se lee todo este pasaje hasta el final, y de nuevo se reza una oración. Luego, todos, hasta el niño más pequeño, bajan a pie cantando himnos con el obispo a Getsemaní; y como entre una tan gran muchedumbre los hay que están fatigados por las contantes vigilias y agotados por los ayunos cotidianos, puesto que han de bajar desde una montaña tan alta, se camina muy lentamente, cantando himnos, a Getsemaní. Hay dispuestos más de doscientos candelabros para alumbrar a todo el pueblo. Cuando se ha llegado a Getsemaní, se reza primero una oración apropiada, se canta un himno y se lee además aquel pasaje del Evangelio en que se narra el prendimiento del Señor. A la lectura de este pasaje, se levantan de todo el pueblo tantos gritos y gemidos acompañados de lágrimas, que casi se pueden oír desde la ciudad las lamentaciones de todo el pueblo. Desde aquella hora se baja a pie a la ciudad cantando himnos y se llega a la puerta a la hora en que las personas comienzan a distinguirse unas a otras; luego, por el interior de la ciudad, todos, hasta el último, grandes y pequeños, ricos y pobres, todos se encuentran allí preparados, pues aquel día, especialmente, nadie se retira de las vigilias hasta la mañana. Se acompaña, pues al obispo desde Getsemaní hasta la puerta y, luego, atravesando toda la ciudad, hasta la Cruz. Cuando se ha llegado, delante de la Cruz, comienza ya a clarear el día. Nuevamente se lee allí aquel pasaje del Evangelio en que el Señor es conducido ante Pilatos y todo lo que cuenta la Escritura que dijo Pilatos al Señor y a los judíos; todo esto es lo que se lee. Luego el obispo dirige la palabra a los fieles alentándolos para que no desmayen por lo que han soportado durante toda la noche y han de soportar aún durante el día, sino que pongan esperanza en Dios, que les ha de premiar por aquel trabajo con una recompensa mayor. Y confortándoles así tanto como le es posible, les dirige estas palabras: “Id ahora cada uno a vuestras casas, descansad un poco y alrededor de la hora segunda (las ocho) estad aquí preparados para que, desde esta hora hasta la sexta, podáis ver el santo madero de la Cruz, confiando en que nos ha de servir de salvación a cada uno de nosotros; a partir , pues de la hora sexta, es preciso que nuevamente nos reunamos en este lugar, es decir, ante la Cruz, para dedicarnos a las lectura y oraciones hasta la noche“.
 
L. Gómez


[i] Se trata de la Capilla de la Ascensión del Señor. Es creencia cristiana que en el lugar donde se encuentra la capilla de la Ascensión en el Monte de los Olivos persiste la huella que dejó el pie derecho de Cristo en su Ascensión a los Cielos. La tradición cristiana piadosa plasmada por Eusebio de Cesárea dice que Santa Elena (247-329), la madre del emperador Constantino, mandó edificar en Jerusalén el Santo Sepulcro y la iglesia Eleona (“Ecciesia in Eleona” =en olivar) en el Monte de los Olivos tras su visita hacia el año 327 (al parecer realmente se construyó hacia el año 333 por mandato de Constantino. Medio siglo después la rica y piadosa matrona romana, Pomenia, cerca de Eleona patrocinó hacia el 378 la construcción de la iglesia de Imbomon (“Imbomon” =en la colina) dedicada a la Ascensión.

sábado, 16 de marzo de 2013

JOSÉ LUIS ALONSO VIÑEGLA, DESCANSE EN PAZ

El escritor lorquino, afincado en Jaén, José Luis Alonso Viñegla
DE UN QUIJOTE DE LORCA

Hace unas semanas, en la Tertulia del Ángelus, la de la sesión sabatina sería, salía a relucir el nombre de nuestro amigo, el escritor lorquino José Luis Alonso Viñegla. Lo mencionábamos de pasada y nos acordábamos como siempre con buen sabor, pues hacía tiempo que no sabíamos de él. Ignorábamos el trance por el que estaba pasando y ayer mismo, echando un vistazo al periódico, nos encontramos con una esquela fúnebre en la que venía su nombre y apellidos. Se nos hizo un nudo en la garganta.



José Luis Alonso Viñegla nació en Lorca el 8 de marzo de 1955, pero por amor se casó y vino a asentarse en Jaén, donde desarrolló su vida profesional y literaria. ¿Quién era Viñegla? Un patriarca, esposo y padre ejemplar al que su familia acompañaba en todas sus empresas, adhiriéndose a él con el fervor de la sangre. Un hombre culto y emprendedor, idealista y comprometido. Escribió en la prensa, compaginando su quehacer literario con sus otras pasiones: su familia y su trabajo.

ESCRITOR: como poeta obtuvo los premios Gemma Internacional de Poesía (Aranguren-Vizcaya, 1982) y fue finalista del Premio Atlántida de Poesía Castellana, como narrador obtuvo el premio Provincial de Narrativa para autores noveles otorgado por el Ministerio de Cultura en su edición de 1982, también fue finalista en el Premio Herralde de Novela, mereció la medalla de Plata de la Academia de las Ciencias y de las Artes y Letras de Namur (Bélgica), en la modalidad de narrativa española en 1991, y son muchos más los premios y honores que habría que enumerar.

Entre sus publicaciones figuran “Inquietudes”, “Cuentos a Medianoche”, “La Crónica Perdida del condestable”, “Las aventuras de Malaquías y Malaquiades”, ”Tehodomiro. El último Rey de España” (novela histórica con la que ya alcanzó gran renombre fuera de la provincia de Jaén) y primera parte de la trilogía que continuó con “El manuscrito olvidado” y “La Torre Alfonsí”. Nos contaba, en confidencia, que uno de sus estímulos más grandes para elaborar esta trilogía había sido su lectura de niñez: "Amaya o los vascos en el siglo VIII" de D. Francisco Navarro Villoslada. Y a Manuel Fernández Espinosa, uno de los directores de ÓRDAGO, lo distinguió con el honor de presentar en Jaén "La Torre Alfonsí", en el marco preñado de evocaciones del Hospital de San Juan de Dios.

A la ingente labor literaria, habría que añadirle su contribución a la prensa provincial y, tal vez con mucha probabilidad de acertar, el más emblemático y señero de esos proyectos periodísticos que él mismo encabezó fue la edición semestral de “La Crónica de Jaén”. Para nutrir de información provincial su revista realizó un viaje por la provincia, contactando con diversas asociaciones culturales de las distintas localidades jaeneras, buscaba gente joven que tuviese semejantes inquietudes a las suyas y que estuviesen a la altura de los proyectos que tenía en mente. Una labor titánica sin duda, a la que se dedicó con generosidad. Y ahí fue cuando nos encontramos con él.

Angustias Velasco, diputada de Cultura y José Luis Alonso Viñegla, en la presentación de "La Torre Alfonsí", que estuvo a cargo de Manuel Fernández Espinosa.


POLÍTICO: José Luis Alonso Viñegla compartió el sino de los idealistas que se involucran en política, como Platón en Siracusa, como Ortega y Gasset con la Segunda República Española... José Luis se embarcó en muchos galeones. Nunca fue por oportunismo ni arribismo político, fue por ser un idealista y un alma inquieta que no podía encontrar reposo ante el desolador ambiente de marasmo y corrupción que asolaba y desola nuestra provincia, nuestra Andalucía y nuestra España. Como un Quijote, siempre estuvo convencido de que nunca es bueno permanecer al margen, mientras los mediocres y los bellacos lo destrozan todo. Firme siempre se mantuvo en sus principios españoles y cristianos, pasando por diferentes siglas políticas, sin importarle las guerras de “banderías” que en ese turbio mundo de miserias morales y económicas se promueve y propicia, pues su único afán quijotesco era el de ayudar a la república sirviéndola en donde él mejor sabía desenvolverse: en el terreno de la cultura.

Fue nombrado Cronista Oficial de la localidad de Santiago de Calatrava, y llegó a ser concejal de cultura de dicha localidad santiagueña por el PSOE. Los que le recuerdan, saben de su inmensa labor por mejorar los aspectos culturales de nuestra vecina localidad. Promovió certámenes, mejoró la biblioteca y se desveló por la realización de sendos proyectos culturales que, siempre dentro de sus posibilidades, dieron lo mejor de sí mismo para con sus vecinos. Su solidaridad con las víctimas del terremoto de Lorca, su lucha como candidato a la alcaldía lorquiana fue el último capítulo de esta vida siempre implicada en la cosa política con ideales poco comunes entre esa casta.

Nuestro encuentro con José Luis fue allá por los finales de la década de los noventa. Nuestras vidas se cruzaron, y nuestros proyectos culturales caminaron en paralelo durante algún tiempo. Fuimos colaboradores de “La Crónica de Jaén” y José Luis, en su calidad de Cronista y de escritor, se prestó generosamente para presentar algunas actividades que los miembros de “Cassia” emprendíamos en Torredonjimeno. Siempre generoso, siempre fecundo en ideas, siempre amigo de sus amigos, sin importarle nunca las diferencias y buscando siempre el suelo común.

Siempre lo recordaremos, cuando en cierta reunión del brazo cultural andalucista, Viñegla con nosotros y nosotros con Viñegla protagonizamos un cisma en el seno del Centro de Estudios Históricos de Andalucía (la organización política-cultural que se prestaba a la falsificación de la historia de Andalucía). Por principios sólidos rompimos con aquellos al entender que ni el fundamento cristiano de nuestra civilización ni la europeidad de España podían sacrificarse en las aras de una romántica y suicida visión sesgada de la Historia, la que marcaban los postulados de Blas Infante. Por eso, poco después, con otros amigos de la provincia que compartían nuestra misma convicción José Luis fundó la Asociación Cultural HISPANIA en la ciudad abacial de Alcalá la Real y nuevamente otra publicación, bajo su dirección, pudo ver la luz, reivindicando la verdadera Historia de España, de las inmortales gestas de nuestros antepasados por nuestra libertad.


Ayer, cuando tuvimos noticia de su muerte, quisimos saber más de sus últimos meses en este mundo que para él fue un campo de batalla cultural. Y en su sitio de facebook: El Rincón Literario de Eliocroca, con fecha 12 de febrero de 2013, pueden leerse estas palabras:


"Queridos amigos lectores, esta no es una carta de despedida, sino la de un posible adiós. He estado de médicos desde el día 30 de Agosto de 2011, y han detectado un severo problema en el higado,derivado de una Hepatis crónica. No puedo solicitar el transplante porque no coincido con los cuatro protocolos existentes contra la CIRROSIS HEPÁTICA. Acabo de salir del hospital, y mi vida diaria se reduce a pastillas de todos los colores, cables y sueros.¿ Tiempo de vida?. Lo que si tengo claro es luchar por esa vida que no quiero que se vaya tan pronto, tengo que recuperar hasta el cuarto protocolo. Ahora está dicho."
Un mes después, el día 13 de marzo, a la edad de 55 años, nos dejó el amigo, el incansable aventurero, el hombre bueno con el compartimos tantas cosas, hace ahora mucho tiempo: nadie sabe como le vieron partir, pero lo hizo con dignidad.

Ese fue Don José Luis Alonso Viñegla, un hidalgo hacendoso y un hidalgo que enfrentó la muerte con la misma gallardía con la que enfrentó siempre la vida. De la raza que  reconquistó una patria invadida, de aquel pueblo que se echó a los mares a buscar fortuna, de aquella sangre que se derramaba para vencer en Flandes, mientras bautizaba a la humanidad irredenta, aquella raza que expulsó al Corso y siempre supo morir.

Recordaremos siempre la alegría que nos transmitía cuando recibía la revista cultural ÓRDAGO, a la que siempre fue un afecto y que, nos confesó, tanto le inspiraba. Recordaremos siempre con cariño al lorquino que hizo de Jaén su casa, conociéndola mejor que muchos jaeneros. Al jaenero que llevaba a gala el serlo, con méritos sobrados como para serlo y más que adoptivo. Recordaremos siempre a aquel amigo de las tertulias, con el puro habano que se apagaba en los largos discursos del soñador, y que tenía que encender, con la copa de coñac y su media melena lacia, que lo mismo podía ser un Espronceda que un Alatriste. Al soñador que salía a su balcón -como nos decía- a mirar las estrellas y ver en el cielo la España que quería en la tierra, respetuosa para con todos y respetada por todos. A ese cristiano que fue Viñegla, sin beaterías. Al patriota que fue Viñegla, sin fanatismos.

Y cuando leamos a Cervantes aquello de "La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo", te veremos a ti, hidalgo de Lorca, con la lanza y adarga antigua, partiendo de esta venta de la vida en la que tantas noches malas se pasan, como bien sabía Santa Teresa la Brava .




Descansa en Paz, amigo José Luis.

Manuel Fernández Espinosa y Luis Gómez López,
Directores de la Revista Cultural “Órdago” de Torredonjimeno


miércoles, 13 de marzo de 2013

EL SOLDADO FLORES Y SU HEROICA HAZAÑA EN LA “I GUERRA CARLISTA”



 
"D: Tomás de Zumalacárregui, General Carlista"
 
 
Cuenta el escritor José Mª Iribarren lo que ahora relato sobre este episodio de la batalla de Larremiar.
En este combate, se las vieron dos de los grandes generales del momento, El viejo Espoz y Mina, veterano del la guerra contra el invasor francés y ahora general liberal, y el General Tomás de Zumalacárregui, líder y alma de las tropas carlistas.
En ese combate, se jugaba mucho, pues el Ministro Martínez de la Rosa, había pedido un “esfuerzo loable” para que se ganase una batalla decisiva, en el convencimiento de que ese triunfo le valdría mucha reputación a su causa y se ganaría el favor de su toda Europa, más que con las misivas y embajadas, tal y como estaba haciendo hasta la presente. Espoz y Minia, viejo y achacoso, no era muy partidario de ese tipo de enfrentamientos bélicos con los carlistas. Se sabía enfermo, con dolores de estómago, y además, ese año, el clima era extremadamente frío y duro incluso para las ásperas tierras Navarras.
 
 
"El General Espoz Y MIna"


Por otra parte, Zumalacárregui, no disponía de tanto equipamiento militar, cosa de la cual si disponían los liberales. Por el contrario, contaba eso sí, con unos soldados curtidos en mil batallas, fieles y valerosos, que seguirían “al Tío Tomás” hasta las puertas del Infierno si él se lo pedía, y si estaba ansioso de tener un encuentro decisivo con su adversario Espoz y Mina.
El combate del Monte de Larremiar (monte de la hierba baja) fue ese choque de espadas de estos dos generales y que tantos deseaban. Ambos podrían conseguir, si vencían, dar un gran golpe de efecto sobre la moral del adversario y avanzar mucho en el estado de la guerra.

Los caminos andaban nevados y embarrados, la niebla y los declives del escenario de la contienda, hacían que ambas fuerzas en liza, tuviesen que dar lo mejor de sí para salir airoso del envite.
Al final, entre las tretas de “perro viejo” de uno, y la falta de comunicación de los otros, hizo que aquellas jornadas quedasen ante el tablero de la Historia como un empate.
Espoz y Mina enturbió su prestigio con el “incendio de la aldea de Lercoraz”. Ante la frustración de su retirada y el ver su orgullo herido por la acción de Zumalaárregui en las jornadas de Lerriamar, el general liberal se desahogó con los pobres aldeanos de manera cruel. Lo cuenta de esta guisa Iribarren:
 
"Incendio de la alde de Lercoraz por los "peseteros" de  Espoz y Mina"


“—¿Dónde están los cañones?

—No saber— dijo uno. Otros se alzaron de hombros.

¿Cañonak non diré?— les repitió en vascuence.

—No sabemos; le juramos que no sabemos— respondieron en su lengua

nativa.

—Lo sabéis, y si no lo decís ahora mismo, os fusilo y hago quemar el

pueblo.

—Nosotros no sabemos nada de eso— volvieron a insistir.

Mina se sulfuró al oírles.

—¡Qué los cuenten de cinco en cinco! —ordenó.

Los pusieron en fila para contarlos. Los que hacían el número cinco quedaban fuera de la formación, «aferrados entre las manos de un cabo». Siete fueron los elegidos de esta suerte para morir. Mina trató de hacer una última experiencia. Mandó que fusilasen en el acto al regidor Juan Bautista Barreneche. Luego, viendo que tal medida no hacía mella en el ánimo de los condenados, ordenó que dos de ellos (Martín Meoqui y Juan Martín Goñi) fuesen pasados por las armas.
Mientras se ejecutaba a estos dos infelices, los «peseteros» de Zarandaja, con teas en las manos, metían fuego al pueblo. Ardió todo él (23 casas), menos la iglesia y tres edificios. Se armó una hoguera inmensa. «Los soldados se replegaron con paso a retaguardia por no poder sufrir tanto calor». Las mujeres y los chicos del pueblo, cargados con las ropas y utensilios de sus pobres hogares, contemplaban aquel estrago con muda rabia y sereno estoicismo. Espoz y Mina marchó a Narvarte cuando las llamas de Lecároz, alzándose rabiosas como una maldición, enrojecían el anochecer. Aquella hoguera trágica que, durante tres noches, iluminó los cielos del Baztán, constituía la venganza, (torpe y cruel venganza) de los apuros que él y sus tropas habían sufrido sobre la fría nieve, en la jornada de Larremiar”.

Pero lo que si se vivió en todo momento fueron escenas de combate y lucha sin igual. Los españoles somos bravos combatientes y guerreamos dando lo mejor de nosotros mismos, incluso cuando lo hacemos entre nosotros mismos. Esta es la historia de uno de esos valientes, la del soldado Flores, de las tropas carlistas.
 
 

"Soldados Carlistas en combate"
 
Fuí testigo de un hecho verdaderamente heroico en el combate del puerto de Azaburu. Había allí un soldado de la partida, joven navarro muy robusto, de una estatura elevada y de una fisonomía notable. Una granada le destrozó el brazo, pero de forma que la parte cortada estaba todavía unida al muñón por la piel y por la carne. El intrépido soldado se inclinó cubierto de sangre, puso su brazo sobre una piedra, y con ayuda de otra piedra un poco cortante, acabó la obra que la bala había tan horriblemente comenzado. Hecho esto, envolvió su muñón en su manta, volvió al fuego, e hizo un prisionero que condujo a presencia del general. La tropa tenía orden de no dar cuartel, por lo que Zumalacárregui, viéndole regresar así (con el prisionero vivo) y no sabiendo lo que le había sucedido, le recibió dándole unos sablazos de plano. Por toda excusa el soldado levantó la manta y descubrió su brazo. El general, movido a compasión, le dio cinco duros; ordenó a su propio médico que cuidase del heroico mozo y le envió al hospital. Poco tiempo después, el navarro fue nombrado sargento de Aduanas”.
El soldado de que habla el relato se llamaba Flores y según se pudo saber años más tarde:
Cuentan que hace años vivían viejos que le conocieron. El tal Flores fue, a pesar de su brazo manco, un veloz andarín que tomó parte en muchas apuestas. Era arriero de oficio y recorría los pueblos de la Ribera comprando vino. Se cuenta de él que con el muñón cargaba los pellejos sobre el baste de la caballería. También decía la gente que se curó la herida introduciendo el brazo en una tina de aceite hirviendo”.
Otra historia más que hay que contar a nuestros hijos, pues de lo contrario, la Historia se olvidará y será reescrita a gusto de los modernos.
 
L. Gómez

sábado, 9 de marzo de 2013

DE SACRILEGIOS, MILAGROS Y OTROS SUCESOS EN LA ESPAÑA DEL S. XVII

 
 
 
Un lance en el siglo XVII1866
Óleo sobre lienzo, 168.5 x 230.5 cm. Obra del pintor Franciso Dominogo Marqués
 Museo del Prado.


Si uno se adentra en la lectura del libro de Deleito Piñuela “La mala vida en la España de Felipe IV”, podrá encontrar multitud de anécdotas y datos curiosos de la época. Estas "primicias" no están desarrolladas y se presentan a lo largo de toda la obra como una sucesión de acontecimientos similares, unidos en capítulos y extraídos de la numerosa bibliografía existente de la época. Así, el autor, presenta aspectos sobre los ladrones, las pendencias, las prostitutas y el sexo, sobre la falsa moral, etc.
En esta ocasión extraigo este pasaje, que me ha llamado la atención. El suceso tiene lugar en una iglesia de la época, y contiene todos los ingredientes necesarios para que de él se pueda realizar una pequeña obra de teatro o una novela, incluyendo el acto homicida y sacrílego, junto con el componente milagroso del suceso. Cuenta así el historiador decimonónico:
Junto a Logroño, en un lugar de la condesa de Siruela, me parece que un clérigo riñó con un seglar muy mal y le trató de palabra afrentosísimamente. Viéndose, pues, el lego injuriado, y que la publicidad había sido mucha, y que no quedaba bien si en público no tomaba satisfacción del clérigo, le esperó en la iglesia para matarle al tiempo que estuviese diciendo misa. Cargó para esto una carabina, con otras dos que llevaba de repuesto, para librarse de los que le siguieron. Dejó puesto un rocín en orden para escaparse. Llegó cuando él alzaba. Disparó y atravesole el corazón, quedándose muerto en pie y con el Santísimo en las manos. Acudieron al agresor los unos, que murió luego allí de repente, sin salir de la iglesia. Los que estaban con el sacerdote le hallaron inmoble. Revistiose otro de presto; llegó acompañado de luces, y haciendo reverencia profunda a su Divina Majestad, llegó a sacársele de entre los dedos, que se le quedaron levantados y la Hostia en el aire si caérsele en el altar, y apenas se la quitaron cuando dio luego el cuerpo en tierra”.  
Lo dicho. Todo lo que se cuente en las novelas de hoy en día, no es nada con lo que ya ha pasado en la realidad. Nos siguen llamando la atención algunos sucesos, es cierto, pero no por ser estos extraordinarios, sino en todo caso, por ser los españoles muy poco leídos en general.
L. Gómez

viernes, 8 de marzo de 2013

EL MARINO OQUENDO Y SUS PENDENICAS.

 

"Retaro de D. Antonio de Oquendo y Zandategui, padre del marino tosiriano D. Miguel de Oquendo y Molina y protagonista del duelo"
 
 
Hace ya unos años, en febrero del año 2010, tuve la ocasión de publicar en el nº 13 de la Revista Cultural Órdago de Torredonjimeno, una semblanza sobre los marinos Oquendo. En la misma hablaba yo del más famoso de todos ellos del conocido por D. Antonio de Oquendo. Escribí sobre su vida y su relación con Dª Ana de Molina, tosiriana de pro, que le dio, fruto de sus amoríos, un hijo natural, que andando el tiempo sería también marino. Le pondrían por nombre D. Miguel de Oquendo y Molina.
Hoy traigo a la bitácora del blog una anécdota sobre D. Antonio de Oquendo, extraída de “Las Noticias de Madrid” que lleva fecha de 20 de enero del año 1636. Dice así la curiosa noticia:
Estando el señor don Antonio de Oquendo oyendo misa en el buen Suceso, le truxeron un papel de parte de don Nicolás Judici Spínola, en que le desafiaba por ciertos disgustos que habían tenido en la mar, y diciéndole que le estaba esperando en Santa Bárbara con espada y daga. Respondió que haría con mucho gusto lo que don Nicolás le pedía; y se fue al Noviciado a confesar, y de ahí a Santa Bárbara, adonde halló a don Nicolás; y poniéndose entreambos a caballo caminaron adelante, y apeados se acuchillaron. “
 Oquendo no mató a su rival por la intervención de otras personas, mas no eso lo que interesa
 
 
"Estandarte de la Capitana que solía llevar en sus barcos D. Miguel de Oquendo y Molina
 

Lo que más llama la atención es como se las gastaban nuestros mayores del s. XVII. Uno te retaba, pues consideraba que “estabas mejor muerto” que vivo; el otro aceptaba el reto, confesaba sus pecados y ambos, juntos y a caballo, se marchan lejos de las miradas curiosas y de los entrometidos. Supongo que hablando del tiempo y de otras cuestiones banales. Al llegar a un sitio adecuado, uno descabalga de su montura, coge los arreos de “matar” y se lía a estocadas con el que hasta hace apenas unos segundos, había sido su compañero de viaje. “A daga y espada” dice “La Noticia”, que no es cualquier cosa esto de luchar teniendo en una mano una “toledana” y en la otra una “vizcaína”

L. Gómez




lunes, 4 de marzo de 2013

¡¡Arde Inglaterra!! La hazaña de D. Fernando Sánchez de Tovar


"Mapa que muestra las ciudades incendiadas o invadidas por las galeras al mando de Tovar y Vienne a lo largo de los años 1374 a 1380"
 
FERNANDO SÁNCHEZ DE TOVAR.
EL ESPAÑOL QUE INCENDIÓ LOS ARRABALES DE LONDRES.
Si el aparato de propaganda español fuese ni la mitad de bueno que la de nuestros enemigos, no me cabe la menor duda que D, Fernando Sánchez de Tovar tendría en las calles y plazas de España un merecido honor.
¿Quién fue D. Fernando? Fue un soldado y marino castellano que hizo sus primeras armas sustituyendo a Diego Pérez Sarmiento como Adelantado Mayor de Castilla, en la guerra entre Pedro I (apodado el Cruel) y el aspirante al trono Enrique de Trastámara. Allá por el año 1366  Fernando decide cambiar de bando, entregando para ello la ciudad y fortaleza de Calahorra a Don Enrique y poniéndose a su servicio. Este tipo de cambio de banderías no estaba tan mal visto en aquella época. Uno servía los intereses de su señor, pero en caso de que este incumpliese algún pacto, o no se comportase como debiera, uno podía renunciar a los privilegios que había recibido por parte del mismo y buscar fortuna en otro sitio.
Una vez formulada el cambio de bandería Fernando combatió junto a su nuevo monarca en la batalla de Nájera, y después éste, ya como Rey de Castilla (1369-1379), Enrique II nombró a Sánchez de Tovar Almirante Mayor de Castilla (1374), reemplazando al fallecido genovés Ambrosio Bocanegra.
Fernando se ganaría bien el sueldo, pues demostró ser no sólo un militar de gran envergadura, sino un experto marino. Junto a su homólogo francés Jeane de Vienne partió en el año 1374 a infligir un castigo a los ingleses, participando en una arriesgada maniobra que hizo llevar las galeras y tropas hasta la isla de Whigt, pasándola a saqueo.
Tras una tregua, en 1377 volvía la guerra entre franco-castellanos y anglo-navarros, y la flota conjunta de Sánchez de Tovar y Vienne saqueó los puertos ingleses de Rye, Rotingdean, Lewes, Folkestone, Plymouth, Portsmouth, Wight y Hastings.
¡¡Una delicia!! Se llevaron por delante todo lo que había, y durante un tiempo, el “Terror de los Mares” no era otro que Fernando Sánchez de Tovar. El clímax de esta experiencia bélica llegaría pronto
En 1380 remontaron las galeras españolas y gabachas  el Támesis hasta la localidad Gravesend, arrabal cerca de Londres, que incendiaron.
Y ahora ¿díganme vuesas mercedes? ¿No es éste un personaje que merece la pena estudiar? Por mucho menos, el almirante Nelson, (al que dimos “matarile” en Trafalgar) tiene plazas, biografías en tono épico, y hasta películas ensalzando su figura. No menos que Drake, el pirata. Mientras nuestro aparato de propaganda, se deja en el baúl de los recuerdos a personajes como Sánchez de Tovar, el español que incendió Inglaterra.
L. Gómez.


sábado, 2 de marzo de 2013

SODOMITAS Y BUJARRONES EN LA ESPAÑA DE FELIPE IV


 
Cuadro que ilustra la portada del libro: " Reyes sodomitas. Monarcas y favoritos en las cortes del Renacimiento y Barroco" de Miguel Cabañas Agrela

LOS SODOMITAS EN LA ESPAÑA DE FELIPE IV

D. José Deleito y Piñuela es uno de los grandes historiadores que ha dado nuestro idioma, y por ello, muy olvidado del gran público. En su obra: “La mala vida en la España de Felipe IV”, el autor nos traslada a la España de los austrias menores. A la decadencia. A la falsa moralidad. A esa España, en donde por una parte todavía se libraban combates en nombre de la cristiandad, y por otra se llevaban a cabo en las calles y plazas de nuestras principales ciudades, todo tipo de actos de consumo carnal.
Prostitutas, alcahuetas, “cantoneras”, burdeles, sodomitas, y un largo etcétera es el variopinto esperpento puesto a nuestra disposición en la obra de Deleito Piñuela, el cual, sustrae dicha información de los manuscritos y libros de la época, pues no se trata ni más ni menos que la de contar como éramos los españoles, eso si, vistos por los extranjeros o por otros personajes de esa época, que dejaron por escrito sus impresiones.
Iremos relatando en el blog pequeñas anécdotas sustraídas de la bibliografía de Deleito Piñuela. Hoy narramos algo sobre los “sodomitas”
Había en Madrid (y en otras grandes ciudades españolas) gran cantidad de los denominados delitos “nefandos”, o lo que es lo mismo, la práctica sodomítica de entretenerse dos hombres abusándose ellos mismos en trato carnal por delante y por detrás. Narra lo que acontece nuestro autor Delito y Piñuela en su obra sobre la citada obra “La mala vida en la España de Felipe IV”:

                De ello resulta que, por octubre de 1636, se declaró en la Corte un enjambre de sodomitas. Uno de los delincuentes, milanés muy principal llamado Agustín Merlo, confesó en el potro ejercer tal oficio desde los siete años de edad, acusó a treinta y seis cómplices, entre ellos un primo de la marquesa de Aguilar, un hijo de un cochero del Rey, y a los dos pajes del conde del Castrillo, que lograron fugarse.
               El caso produjo en Madrid gran revuelo, y no poco contribuyó a la pragmática contra el uso de guedejas (las melenas largas que se usaban en la época. Nota del que escribe) en los hombres, por el aspecto afeminado que a éstos daba”.

                Los sodomitas no eran exclusivos de España, ya que la práctica era extendida y generalizada en ciudades como Milán, Roma, Venecia, París y otras. Aunque ya se sabe lo que acierta a decir el refranero español sobre éste particular: “Mal de muchos, consuelo de tontos
Seguimos con la obra:
                “En las mencionadas Noticias, de 22 a 29 de noviembre del mismo año, se lee este párrafo referente a la impunidad: En cuanto al negocio de los que están presos por el pecado nefando, no se usa del rigor que se esperaba, o sea esto porque el ruido ha sido mayor que las nueces, o sea que verdaderamente el poder y el dinero alcanzan lo que quieren. A don Nicolás, el paje del conde del Castrillo, vemos que anda por la calle, y a Juan Rana, famoso representante, han soltado, y no vemos quemar a ninguno de cuantos presos hay, y ha sido delatado don Sebastián de Mendizábal, reo confeso y que tenía casa de ellos. Este Mendizábal acusó a ochenta personas como cómplices, sin poder probar los cargos”.

El apellido del gran sodomita delator traído a este párrafo es harto conocido, lo cual me lleva a pensar, que aunque el delito y el personaje es del s. XVII, otro ilustre Mendizábal, de nombre Álvaro, (y Ministro que fue para desgracia nuestra y de nuestros antepasados), cambiara su apellido y nombre,  al de Álvaro Méndez, en vez del consabido Álvarez Mendizábal, tal vez por tener noticia de este suceso, y por el temor de ser relacionado con él por sus enemigos cortesanos. Ahora, que bien se vengó de la Iglesia el muy canalla, pues la desamortización le salió que ni pintada.
Pero lo que si es cierto es que en esa “noticia” de las Noticias, los autores se quejaban de la falta de rigor de la Justicia en la “quema  de chicharrones”. La cosa se arregla al seguir el relato, donde podemos leer:
                Pero si los protegidos por altos señores, y entre ellos el popular histrión (que debía, como tantos otros, su valimiento a la gracia derrochada por él en los escenarios), pudieron hurtar el cuerpo a la justicia, no todos lograron tal privilegio. Las mismas Noticias mencionadas nos hacen saber que el 21 de enero de 1637 fueron quemados en la puerta de Alcalá el citado Mendizábal, que era en su oficio el más descocado de cuantos ha habido en el mundo, y un don Pedro de Mendieta, con quien había estado amancebado muchos años. Ambos perecieron en la hoguera con grandes muestras de devoción y contrición, a manos del nuevo verdugo llegado de Segovia, que con ellos hacía sus primeras armas en la Corte”.

Como se puede ver, el oficio de comediante ha dado a lo largo de la historia grandes “bujarrones”. Hay cosas, que con el paso del tiempo no cambian para nada, señores lectores.
 
L.G.