jueves, 27 de agosto de 2015

LOS DRAGONES DEL REINO DE JAÉN



Escudo del Cabildo de la Catedral de Jaén
Imagen: Jaén, Portal Web Municipal


 
 
DRAGONES, SIERPES, LAGARTOS Y SERPIENTAS


Manuel Fernández Espinosa

En pocas zonas de la Península Ibérica, con excepción del norte, encontraremos tantas referencias al dragón como en el antiguo Reino de Jaén: en sus leyendas populares, en su heráldica eclesiástica y nobiliaria, en las leyendas fundadoras de sus pueblos, en la noticia de los festejos... podemos comprobar que el dragón ocupa un lugar destacado en nuestro imaginario colectivo.
 
Cuando Fernando III el Santo reconquista la ciudad de Jaén, en 1246, solicitó a la Santa Sede el traslado de la sede episcopal de Baeza a Jaén, lo cual le fue concedido por el Papa Inocencio IV, realizándose en efecto la transferencia entre el mes de septiembre de 1248 y el de marzo de 1249. Nuesta S. I. Catedral de Jaén todavía muestra el escudo, compuesto por la figura sedente de la Santísima Virgen con el Niño Dios, teniendo como escabel un dragón y un recinto amurallado que corresponde a la ciudad fortificada de Jaén. La descripción de este dragón ha variado en el correr de los siglos. En algunas versiones se le presenta con "busto y patas de águila, cuerpo de serpiente... y en otras, cuartos traseros de león, alas de murciélago y cola terminada en dardo" -según nos lo describe un trabajo de D. Juan Barranco Delgado. Todo indica que la imagen de la Virgen María de este escudo diocesano se inspira en la Virgen de la Antigua que trajo Fernando III el Santo para ser entronizada en nuestra Catedral, donde hasta la presente recibe culto. En julio de 1282, el Obispo Pascual otorgó al templo de Santa María de Úbeda la categoría de Colegiata y, vinculándolo a la Catedral de Jaén, le concede un sello que guarda una directa relación iconográfica con el escudo de la Catedral jaenera. Según es tradición, algunos han querido ver en la figura de este dragón heráldico una traslación fantástica de una determinada disposición urbanística de la ciudad, incluso con correspondencias astrológicas. No queremos dejar de citar en esta línea los trabajos interpretativos de D. Joaquín Montes Bardo o de D. José Torres Fernández, éste último ha dedicado un libro a esta temática bajo el título "El dragón de Jaén".
 
Más allá de estas interpretaciones pienso que la iconografía de este escudo es una traslación a la heráldica eclesiástica de Jaén de la Virgen Apocalíptica, de la que San Juan nos habla: "una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol con la luna bajo los pies y una corona de doce estrellas bajo su cabeza [...] Apareció otra señal en el cielo, una gran serpiente roja, con siete cabezas y diez cuernos" (Apoc. 12, 13). Imagen apocalíptica que no puede considerarse sin la referencia al Génesis 3, 15: “Ella te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar”.
 
En la heráldica nobiliaria los dragones no faltan. La leyenda del escudo de los Valdivia que poblaron Baeza, expandiéndose por el Reino de Jaén, es curiosa e interesante. En su origen el escudo de los Valdivia no fueron dos dragones, sino un caballero en lucha contra un dragón. Así nos lo cuenta Antonio de Barahona en una carta a D. Martín de Xodar:
 
"El linage de los Baldibia es de muy nobles caballeros, hijosdalgo en su Solar en la montaña, á un caballero deste linage le aconteció un caso y fue ansí, que un niño hijo suyo saliendo de poblado fue por una montaña á do estaba una Sierpe, la cual se lo comió y cuando supo este caballero como penado por la muerte de su hijo, salió como aburrido á buscar la Sierpe y encontrando con ella dio tan buena maña y recaudo que la mató, de allí los de este linage traen por armas un Caballero peleando con una Sierpe y como desta manera parecía la ejecutoria de San Jorge, conmutaron el caballero en Sierpe de manera que traen dos Sierpes, la principal que representa el caballero trae echado al cuello sobre la lanza el arzón y de la punta de la lanza pasada por la boca de la otra Sierpe".
 
En Torredonjimeno también contamos con una piedra armera que podemos ver en la fachada de una casa de la Placeta de Cobos. Aparece en este escudo heráldico dos dragones enfrentados y con las colas entrelazadas, haciendo de eje central un pozo con su brocal. Nuestro amigo Andrés Nicás Moreno, en su libro "Heráldica y genealogía en el reino de Jaén", apunta que podría tratarse de una versión del escudo de los Valdivia, aunque por no haber a día de hoy documentación que pueda confirmarlo lo pone prudentemente entre interrogaciones. El caso de este escudo recuerda la pareja de dragones que con profusión se repite como motivo iconográfico en el arte escandinavo e irlandés medieval, aunque en las miniaturas y otros soportes donde irlandeses y nórdicos plasmaron la pareja de dragones, las figuras draconianas adoptan una forma más esquemática.
 
La popular leyenda del Lagarto de Jaén es por todos conocida. Alfredo Cazabán Laguna y Juan Eslava Galán han escrito las mejores páginas sobre esta leyenda y merece recordarse aquí el libro de Eslava Galán "El Lagarto de la Malena y los Mitos del Dragón" (1980). Las versiones de la leyenda dan como matador del "lagarto" (esto es, del dragón) a un caballero, a un preso o a un pastor.

Pero menos conocido es el hecho del que nos da cuenta los "Hechos del Condestable". cuando Miguel Lucas de Iranzo celebró sus bodas con Doña Teresa de Torres vino a escenificarse como parte de los festejos palaciegos una curiosa función "teatral". En ésta jugó un papel fundamental la servidumbre de la Casa del Condestable, cuyos criados se habían caracterizado para la ocasión ataviándose a manera de extranjeros: "en forma de personas estrangeras, con falsos visages, vestidos de muy nueva e galana manera...". Cuenta el cronista testigo de aquello que la función representaba el drama figurado de una comitiva de niños (los pajes del Condestable) que habían sido tragados por la "serpienta" (dragón) cuando estos pasaban por las proximidades de Jaén: "çerca de aquella çibdad, en el paso de una desabitada selva, una muy fiera e fea serpienta lo avío tragado". La "serpienta" también hizo aparición en la función teatral, merced a un artilugio fabricado por carpinteros: "asomó la cabeça de la dicha serpienta, muy grande, fecha de madera pintada; e por su artefiçio lançó por la boca uno a uno los dichos niños, echando grandes llamas de fuego. Y así mismo los pajes como trayen las faldas e mangas e capirotes llenas de agua ardiente, salieron ardiendo, que paresçía que verdaderamente se quemaban en llamas. Fue cosa por çierto que mucho bien paresçió".

Es una noticia suficientemente interesante, dado que en ella se pone de manifiesto a través de una función teatral y lúdica lo que posiblemente podía ser un antiguo ritual que nos remite al mito universal del "ser tragados por el mostruo". Dicho arquetipo lo encontramos en el pasaje bíblico de Jonás y la "ballena". El monstruo marino se traga a Jonás, manteniendo en su vientre al profeta por tres días para luego vomitarlo de vuelta a la vida. Esto prefiguraba míticamente la muerte de Cristo (tres días muerto) y su resurreción, motivo por el cual la iconografía cristiana, desde las catacumbas, viene reproduciendo este pasaje del Antiguo Testamento.

Antigua disposición heráldica del Escudo de nuestros vecinos de la ciudad Martos

En otro orden de cosas, los dragones también están presentes en el entramado de mitos fundacionales de Martos. Tanto Diego de Villalta como Francisco Delicado ofrecen sobre este particular un valioso material en sus obras. El patronazgo de Santa Marta en Martos se atribuía precisamente a una legendaria aparición de la santa, especial protectora contra los monstruos como así lo refiere la leyenda hagiográfica que cuenta que Santa Marta mató a la Tarasca, asperjándole con agua bendita. Por esta razón es que la representación de Santa Marta la trae con el acetre y el hisopo y nótese que el actual escudo heráldico de Martos todavía contiene el acetre y el dragón. Contaba Diego de Villalta que Santa Marta apareció providencialmente en Martos, para exterminar una muchedumbre de serpientes que causaban el pánico y muchos estragos entre los primeros pobladores y resuena aquí el mito fundacional de muchas ciudades antiquísimas, siendo muy conveniente que contemplemos que la serpiente es un animal con un simbolismo ctónico muy considerable.

Las consideraciones simbólicas merecerían otro artículo. Aquí hemos ofrecido una aproximación a la enigmática presencia del dragón en nuestra tradición provincial, pero -por supuesto- no está aquí todo dicho.

martes, 25 de agosto de 2015

UN MARQUÉS MASÓN Y ARQUEÓLOGO

D. Rafael Brufal Melgajero, VIII Marqués de Lendínez


APUNTES SOBRE LA VIDA Y HAZAÑAS DEL VIII MARQUÉS DE LENDÍNEZ


Manuel Fernández Espinosa


La rica y compleja personalidad de D. Rafael Brufal Melgarejo, VIII Marqués de Lendínez, ha sido más estudiada en Elche que en nuestro ámbito regional. Esto se explica por ser nativo de Elche, donde abrió los ojos a la luz el 20 de enero de 1838. Y fue en Elche donde desarrolló la actividad arqueológica que fue la más célebre de sus múltiples facetas. A D. Rafael Brufal Melgarejo le venía su tosirianía por línea materna, dado que por la línea paterna, su progenitor -D. José Antonio Brufal y Llofriu- tenía sus raíces en Elche, donde el abuelo de nuestro marqués había sido regidor de dicho ayuntamiento. La madre de nuestro marqués, Doña Gertrudis Melgarejo y Miralles de Imperial (VII Marquesa de Lendínez) sí que estaba arraigada a Torredonjimeno, por los Melgarejo que habían entroncado con la ilustre familia de los Moro-Dávalos que, amén de ser una linajuda familia de nuestra villa, cuyos miembros habían ostentado el título de Álfereces Mayores de la Villa de padre a hijo en varias generaciones. El título de Marqués de Lendínez sería concedido por Felipe V a D. Antonio-Francisco Melgarejo Teruel y Carmona el 23 de febrero de 1744,  siendo Vizconde de Herrera la Baja con anterioridad a su marquesado. Sobre los Moro-Dávalos hemos tenido ocasión de escribir en números de ÓRDAGO donde dábamos cuenta del fervor de la familia por San Francisco de Asís, así como la especial protección que los Moro-Dávalos ejercieron para con los franciscanos que pasaban por Torredonjimeno, los Moro-Dávalos enlazaron con los Huete, linaje al que tanto lustre dier el doctor don Alonso de Huete y Molina, prepósito de la Colegial de la ciudad de Antequera y generoso prócer de sus parientes y paisanos, para los que estableció becas que les ayudaran a graduarse en las Universidades de Salamanca y Alcalá de Henares. El abuelo tosiriano de nuestro marqués había sido Vizconde de la Montesina y Marqués de Lendínez.
 
La infancia de D. Rafael Brufal transcurrió en el Elche paterno hasta que ingresó en la Academia Militar de Toledo con 15 años, participando heroicamente en la Campaña de África (1859-1860) que relatara Pedro Antonio de Alarcón. Por sus hazañas recibió la medalla de Honor del Ejército de África, así como la Cruz del Mérito Militar, pidiendo su baja voluntaria cuando tenía el grado de capitán al término de la campaña africana, a partir de entonces se dedicaría a sus muchas haciendas y a sus aficiones culturales y esotéricas.
 
Se casó cuatro veces: con María Teresa Fernández de Valdemoro y Melgarejo en 1862. Con Josefa de Estrada y Adana de Campos en 1870 (en la villa de Lopera), fue por este matrimonio que recibió la Torre de la Calahorra de Elche que, como veremos, tendrá su importancia en su vida. Sus dos primeros matrimonios no le dieron descendencia y, viudo por dos veces, casa en terceras nupcias el año 1877 con Isabel López Campello que le dio cuatro hijas y un varón: María, Ana, Gertrudis, Isabel y Rafael Brufal López. Por cuarta y última vez se casaría en Úbeda, al enviudar de Isabel López Campello, con María del Carmen Sabater y Bonilla (hija del senador D. Salvador Sabater Arauco). Con María del Carmen tendría otro hijo que nacería meses después del fallecimiento de nuestro marqués. De este hijo tenemos la partida de bautismo por la que sabemos que recibió las aguas del bautismo el 6 de abril de 1893 en lo que por aquel entonces se llamaba Ermita de Nuestra Señora de Belén de Lendínez. Dicha fe de bautismos se conserva en el archivo de la Iglesia Mayor Parroquial de San Pedro Apóstol de Torredonjimeno, de la que era sufragánea dicha ermita lendinense. Más abajo volveremos sobre este asunto de la ermita de Lendínez. Este último y póstumo hijo del marqués se llamaría José y moriría tempranamente, a los ocho meses en Torredonjimeno en la casa palacio de los Marqueses de Lendínez que se levantaba en lo que hoy es el Colegio Público Puerta de Martos: la piedra armera de los Melgarejo se trasplantó a la fachada de San Pedro Apóstol.
 


Retrato de D. Rafael Brufal Melgarejo

EL MARQUÉS DE LENDÍNEZ Y LA MASONERÍA


Como la mayor parte de nuestra aristocracia indígena, nuestro Marqués de Lendínez no tenía residencia fija, debido a la dispersión de sus haciendas. Durante un año (1870-1871) ostentó el cargo de Alcalde Mayor de la Villa de Sabiote, pero si hubo una ciudad en la que más permanentemente estuvo fue Elche. No pocos eran sus viajes, sobre todo a la villa y corte de Madrid donde cultivaba la amistad con Alfonso (XII), siendo miembro del Ateneo de Madrid. Tuvo que ser por sus amistades con la aristocracia liberal que D. Rafael se inició en la francmasonería. En Elche promocionó el Casino, siendo presidente del mismo el año 1885.



 
Fue en la Torre de la Calahorra de Elche donde, como más arriba decíamos, el marqués empleó una dedicación más atenta. Vino a posesión de esta Torre por su matrimonio con la Estrada en 1870. Emprendió ciertas obras que le dieron a la Torre el aspecto que hoy tiene, pero además de ello fue en la planta baja de la misma donde instalaría la "Sala de la Logia", decorada con rica ornamentación masónica y símbolos esotéricos de impronta egipcia. Esta sería la sede de la Logia Ilicitana 124 del Grande Oriente de España, fundada el 22 de enero de 1878. El nombre simbólico que recibió D. Rafael Brufal fue el de "Raphael", siendo Venerable maestro grado 18 de la misma. Al final de su vida, D. Rafael Brufal llegó a ser masón grado 33, el máximo de los grados de la sociedad secreta.
 

Retrato de famila y servidumbre. Fuente original de la imagen: Memoria Digital de Elche



NUESTRA SEÑORA DE BELÉN, UNA DEVOCIÓN DE LA ALBAÑILERÍA


Es interesante que reparemos en su pertenencia a la masonería. Esto podría hasta cierto punto explicar que la ermita de Lendínez se titulara de Nuestra Señora de Belén. Las haciendas del marqués en Lendínez le venían por herencia de los Moro-Dávalos y, con anterioridad al siglo XIX, la ermita que allí había no estaba consagrada a la advocación de Nuestra Señora de Belén, sino a la de San Juan Bautista. Lendínez había sido uno de los lugares por los que pasó Beato Fray Diego José de Cádiz, viniendo de Espejo (donde los marqueses de Lendínez tenían una casa palacio). Es difícil que en Lendínez hubiera dos ermitas, por lo que todo hace suponer que en una fecha que ignoramos por no haber hallado los documentos que la precisaran con exactitud la ermita de San Juan Bautista se convierte en Ermita de Nuestra Señora de Belén.
 
La devoción a Nuestra Señora de Belén hunde sus raíces en la leyenda piadosa de que fue Osio Obispo de Córdoba el que la trajo a la Bética a su regreso del Concilio de Nicea donde el obispo cordobés desempeñó un brillantísimo papel teológico. Fue en Córdoba donde se encontraría en el siglo XIV una pintura de Nuestra Señora de Belén que se convertiría en Patrona de las Ermitas de Córdoba. Pero su devoción se extiende por toda las Andalucías, por Extremadura y, por ende, por Murcia y Levante. En Torredonjimeno hemos hallado una referencia anterior a la de la noticia de esta ermita en Lendínez. En el libro IV de Sepelios del archivo de la Sacra Iglesia de la Inmaculada Concepción de Santa María de Torredonjimeno está registrada con fecha 30 de abril de 1772 la partida obituaria de Catalina Eugenia López, viuda de Juan Diego Menxíbar, en la que además de asentarse que el cadáver de la finada fue sepultado en la Capilla de la Virgen de los Dolores, se hace constar que la difunta donó "una lámina de Nuestra Señora de Belén en marco dorado". Hasta donde se nos alcanza, esta señora no tenía relación alguna con los Marqueses de Lendínez, pero es el dato más remoto que tenemos de una devoción incipiente a Nuestra Señora de Belén en Torredonjimeno.
 
La devoción a Nuestra Señora de Belén guarda una estrecha relación con Córdoba; y no se olvide que los miembros de la familia Moro-Dávalos, aunque eran de Torredonjimeno, tenían múltiples vínculos con el Reino de Córdoba. Pero a todo esto se une que Nuestra Señora de Belén en su Huída a Egipto podía tener añadidas para un masón, como era nuestro marqués de Lendínez, unas notas que le tenían que ser especialmente gratas por eso de "huída a Egipto". La masonería se atribuye a sí misma ciertos orígenes egipcios, por lo que "Nuestra Señora de Belén en su Huída a Egipto" no puede ser pasado por alto, pero además de ello resulta que, en 1688, cuando se fundaba la Real Congregación de Arquitectura, antecedente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, dicha congregación erigía como su Patrona a Nuestra Señora de Belén, puesto que el gremio de los Maestros de Obras tenían desde tiempo inmemorial a Nuestra Señora de Belén como Patrona; sus copatronos eran San José y los Santos Ángeles. Esto llevaría con posterioridad a Su Santidad Pío XII que la declarar Patrona de los Arquitectos de España en 1949 a Nuestra Señora de Belén, a requerimiento de los arquitectos españoles. Para un masón (con la especial interpretación simbólica que le dan a la albañilería) esto tampoco podía pasar por alto: la relación entre Nuestra Señora de Belén y la arquitectura.
 

Escudo del Marquesado de Lendínez que se hallaba en la fachada del
palacete neogótico de la pedanía tosiriana, hoy en paradero desconocido

ARQUEÓLOGO Y CONVERSO

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Sin embargo, además de brillar en sociedad, D. Rafael Brufal mostró lo mejor de sí en su actividad arqueológica. Nuestro marqués fallecería en 1892 por lo que no pudo disfrutar del hallazgo de la Dama de Elche que se produciría unos años después de su muerte, pero sin embargo sus pioneras excavaciones en el "Portus Ilicitanus" (Santa Pola) y en la Alcudia de Elche le proporcionaron la dicha de algunos descubrimientos, como el Árula Votiva y una Venus. Puede decirse que D. Rafael Brufal fue uno de los primeros arqueólogos que exploró aquella zona en lo que vinieron a ser los orígenes de la arqueología moderna y es, por lo tanto, que estamos ante alguien que, si no tuvo la fortuna de hallar la Dama de Elche, le cupo el honor de poner las condiciones para que tan feliz hallazgo no se malograra, como tantas otras veces ha pasado en nuestra España.
 
De lo poco que sabemos de su talante hemos de decir que se desprende de él una bonhomía que lo honra, un afectuoso trato a su amplia servidumbre que no parece enturbiar esa nota siniestra que le añade su pertenencia a la masonería que, en el caso de D. Rafael, no parece que fuese (como era en la mayor parte de sus contemporáneos) debida a un interés político, sino cultivada por un interés esotérico como pone de manifiesto la decoración de la logia de Elche que mandó construir. No obstante creo que su devoción a Nuestra Señora de Belén surtió efecto, pues alcanzó la gracia de adjurar al final de su vida los errores masónicos y reconciliarse con Dios.

Rafael Brufal falleció el 28 de agosto de 1892 en la casa que tenía en la Calle Llana nº 21 de Jaén, con 54 años, pero murió reconciliado con la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, dado que se retractó de su pertenencia a la masonería, como prueba esta nota que publicamos:
 
"Ha fallecido en Jaén el Sr. Marqués de Lendínez, masón grado 33, retractándose antes de morir de sus errores masónicos, recibiendo los Santos Sacramentos y encargando á su confesor hiciera pública su retractación".

No puede haber mejor epitafio para un masón.